El relato
Un tiempo de humo, acero y secretos mal enterrados.

Sam DeLuca un ex-miembro de la mafia italoamericana que va a visitar a un viejo amigo (George Cassidy) y el padre Seamus O’Connor, sacerdote irlandés que ha viajado a Estados Unidos para visitar a su hermana exiliada tras los conflictos en Irlanda, no tenían razón alguna para cruzarse.
No hasta el 12 de abril de 1926.
Ese día, el destino —o algo mucho menos comprensible— los unió a bordo del SS Essex County, un mercante que jamás llegó a su destino. De su hundimiento en las cercanías de Folly Point apenas se habla en voz alta, y cuando se hace, se dice en susurros.
Forzados a cooperar sin confianza ni tiempo, Sam y Seamus lograron sobrevivir al naufragio y alcanzar un bote que los llevó, a la deriva, hasta Beacon Island.
El mal tiempo y el agotamiento los empujaron a refugiarse en la casa del faro de la isla. Lo que encontraron allí no era consuelo
La electricidad funcionaba solo de forma parcial, iluminando una única estancia: un estudio cubierto de pinturas perturbadoras firmadas por un tal Smith, uno de los habitantes desaparecidos del faro. Junto a ellas, cartas de Cassidy hablaban de transacciones sospechosas de las que destacaba una firmada por un tal Niels Viggo Schou y unas extrañas monedas de oro halladas en la isla, además de un diario donde plasmaba sus crecientes sospechas sobre el resto de los trabajadores del faro.
Con la sensación de que algo no encajaba, decidieron buscar ayuda. Según las notas, existía una vieja radio que podía contactar con los guardacostas.
En su exploración de la isla hallaron un generador averiado que lograron reparar, devolviendo parte de la luz a la casa del faro. También descubrieron el cuerpo sin vida del agente Turner, quien investigaba a Cassidy. Y algo más: una criatura grotesca, un jaramugo surgido de la oscuridad, que Sam abatió con frialdad mientras el padre Seamus experimentaba su primer roce con la locura.
Finalmente encontraron la radio… pero no llegaron a usarla con calma. El cadáver de Cassidy apareció, confirmando lo inevitable, justo antes de que una figura imposible irrumpiera en escena: una entidad humanoide, enmascarada y vestida con una túnica ceremonial.
Extendió su brazo.
Cerró la mano.
Y Sam sintió cómo sus pulmones se llenaban de agua marina.
La criatura desapareció como si nunca hubiera estado allí, dejando tras de sí el eco de lo imposible y a Sam vomitando agua salada ante la mirada atónita del sacerdote.
Poco después, los guardacostas llegaron.
Pero no fueron los únicos.
Antes de ser evacuados, unos hombres vestidos de negro los interrogaron. Sus preguntas no buscaban verdad, sino coherencia. Les indicaron con frialdad que todo lo ocurrido no era más que producto de su imaginación.
Y así, exhaustos, confundidos y marcados por lo que no deberían haber visto, abandonaron Beacon Island rumbo a Folly Point…
Conclusion
Después de haberse visto obligados a cooperar los dos personajes deciden quedar en unas semanas en alguna cafetería en la que sirvan alcohol (por exigencia de Luca), para ver que tal se encuentran los dos. Ambos descubrieron aunque no lo probaron que si portaban las monedas y recitaban ciertas palabras podría desatar un gran poder.