*Nadie en el asentamiento sabía que Pellejo albergaba a Coniuratio. Por las noches, cuando el viento barría las calles de barro y los fuegos se apagaban uno a uno, la dejaba escapar de la tienda donde dormía… La criatura se deslizaba entre las sombras para alimentarse de ratas y gatos, saciando un hambre que no pertenecía a este mundo. Sus miembros amorfos se extendían como humo negro y aceite, succionando la vida de pequeñas alimañas con un susurro húmedo que nadie oía. Durante el día permanecía oculta, agazapada en los rincones más oscuros de la mugrienta cabaña de piel de Pellejo, esperando, con sus decenas de ojos como pequeñas canicas oscuras en una vigilia eterna y paciente…

Aquel día, el Karl mandó llamar a Pellejo. La tormenta caía con furia. Truenos lejanos hacían temblar la tierra y la lluvia golpeaba los techos como un presagio de un terrible destino.

Debía asegurar el paso de la Cascada Ensombrecida. Al caer la noche, pues algo se apoderaba de aquel lugar, la corrupción se filtraba en las aguas y los habitantes del poblado —obligados a beber de ellas— comenzaban a enfermar con llagas que supuraban un pus negro y brillante. Los sacerdotes de la Orden de los Rectos acudían cada noche para purificar el río mediante antiguos rituales… pero en los últimos días, varios de ellos habían desaparecido sin dejar rastro, como si la misma oscuridad los hubiera tragado enteros.

Cerca de la cascada, en una cavidad abierta en la roca, se encontraba una pequeña cueva. Qué recibía el nombre del Cubil del Mal. Las historias hablaban de una monstruosa criatura que habitaba allí, pero nadie podía describirla con claridad. Solo susurros. Solo miedo. El río de Aguas negras nacía en la Montaña Negra, y sus aguas descendían oscuras, casi viscosas, cargadas de un olor a tumba antigua y metal oxidado.

Pellejo no dudó. Pronunció su juramento de hierro ante el Karl. El fuego respondió con vehemencia. Las llamas crepitaron con fuerza, aceptando la ofrenda con un rugido que parecía venir de las profundidades de la tierra misma. Pellejo sintió la certeza al trazar en su pecho con un hierro al rojo la que era la vigésima runa del juramento de hierro… aquella era su tarea. Aquello debía terminar.

Partió sin demora. Llegó al arroyo que descendía desde la cascada y encontró un remanso donde establecer su vigilia. El hambre le había golpeado de improviso, así que decidió levantar allí un pequeño campamento. Desde ese punto podía observar la cascada en su totalidad, y estaba lo bastante cerca como para intervenir con rapidez si era necesario. Pasó el día en silencio. Observó a los habitantes del poblado ir y venir, cargar agua, murmurar, evitar mirar hacia la caída oscura del río. Comió lo justo. Pensó poco. Esperó.

La noche llegó, los campesinos marcharon y llegaron los sacerdotes.

Se acercaron en pequeños grupos, portando antorchas cuya luz temblaba como almas perdidas y símbolos sagrados que brillaban con un fulgor débil y enfermizo. Sus cantos apenas comenzaban cuando la oscuridad se abrió.

El ataque fue repentino.

Pellejo los vio entonces. Aquellas criaturas… No eran carne ni espíritu del todo. Eran algo intermedio, deforme que se erguía sobre el fango negro de aquel terrible río . Sus formas recordaban vagamente a hombres, pero sus cuerpos estaban compuestos de esquirlas minerales y metálicas restos de antiguas armaduras incrustadas en una masa de lodo espectral que palpitaba como un corazón enfermo. Donde deberían haber tenido manos, surgían retorcidas espadas oxidadas, afiladas y vivas, goteando un icor verdoso que siseaba al tocar el suelo. De ellas emanaba un salmo. Bajo. Reverberante. Antiguo. Una plegaria torcida que parecía arrastrarse por el aire como una maldición, haciendo vibrar los huesos de quienes la escuchaban.

Las leyendas hablaban de ellos. Un antiguo batallón del ojo vigilante del Cielo había sido asesinado y convertido cruelmente en sirvientes de los nigromantes de la cima de la sangre aunque nadie había dado testimonio real de ello.

Dos de aquellas abominaciones arremetieron contra los sacerdotes. La primera se abalanzó con un movimiento fluido y antinatural, sus espadas vivientes cortando el aire con un gemido metálico. La segunda golpeó el suelo con un pisotón que hizo temblar la tierra, levantando una ola de lodo negro que cubrió completamente a pellejo y a un par de monjes que se encontraban cerca.

Pero Pellejo ya se había movido. Desde las sombras, irrumpió con violencia. Su mandoble describió un arco brutal y cercenó el brazo de una de las criaturas, dispersando fragmentos de metal y lodo sangre y vísceras en el aire como una apestosa lluvia de podredumbre y muerte. El miembro amputado cayó al suelo y siguió retorciéndose, la espada incrustada aún vibrando con vida propia como la cola de una lagartija, trazaba surcos en el aire intentando alcanzar a los allí presentes.

La segunda fue más rápida. Aplastó el suelo con un pisotón que hizo temblar la tierra, y en un movimiento seco arrancó la cabeza de uno de los sacerdotes. La sangre brotó en un chorro caliente que se mezcló con la lluvia, tiñendo el arroyo de hilillos de un efímero color rojo oscuro.

Pellejo no dudó. Saltó sobre su espalda, se aferró a aquella forma imposible y hundió su arma en la nuca de la criatura una y otra vez, hasta que el salmo se quebró en un grito agónico que resonó como el lamento de mil gargantas rotas. El cuerpo de la abominación se deshizo en silencio, desmoronándose en una masa de material negro, fragmentos de armadura oxidada y un vomitivo vapor espectral que se disipó en la noche como un suspiro moribundo.

La oscuridad volvió a cerrarse. Los sacerdotes, temblorosos, apenas habían visto nada. Las criaturas se ocultaban bien. Demasiado bien.

Pellejo los interrogó. Le hablaron de lo ocurrido años atrás: una cuadrilla de hombres del ojo vigilante del Cielo. Guerreros que juraron proteger aquel lugar… y que fueron asesinados antes de cumplir sus votos y más tarde resucitados por los nigromantes. pudieron deducirlo por los restos de las ropas que todavía les quedaban. Los sacerdotes no pertenecían al asentamiento del Karl. Eran miembros de la Orden de los Rectos, una cofradía de exorcistas dedicada a purificar aguas corruptas por todo el Bosque de Glain, donde los pantanos y la podredumbre eran moneda común. Se sorprendieron al descubrir que el Karl no había compartido esa historia con Pellejo.

Y en ese silencio, pesado como la lluvia, algo empezó a no encajar.

La noche se había vuelto espesa, como un ungüento negro derramado sobre el mundo. La lluvia no caía ya con furia, sino que se filtraba, lenta y pegajosa, bajo la mirada de las dos lunas Sangrienta y Burlona. Pellejo permanecía en pie entre los sacerdotes, el mandoble aún goteando un icor oscuro que no era sangre ni agua, sino algo que olía a hierro oxidado y putrefacción.

Los exorcistas de la Orden de los Rectos hablaban en voz baja, casi como si temieran que sus propias palabras pudieran cobrar forma y morderlos. Sus rostros, pálidos bajo la luz mortecina de las antorchas que chisporroteaban, parecían tallados en cera antigua. Uno de ellos, un hombre de barba rala y ojos hundidos que recordaban pozos abandonados, señaló con un dedo tembloroso hacia la cascada.

—Fue hace tres inviernos —murmuró—. Una compañía del ojo vigilante del Cielo hombres duros, juramentados con hierro y fuego. Vinieron a custodiar el nacimiento de las Aguas Negras. Juraron ante los mismos altares que nosotros. Pero algo los encontró primero. Algo que no era lobo ni espectro, sino una peste que camina con forma de hombre… y no quiero pronunciar su nombre.

Otro sacerdote, más joven, con la piel marcada por antiguas runas rituales que parecían palpitar débilmente, añadió con voz que apenas superaba el rumor de la lluvia:

—Los encontramos días después… o lo que quedaba de ellos. Sus armaduras incrustadas en la tierra viva, como si la oscuridad los hubiera reclamado. Sus espadas brotaban de sus propios huesos. Y aún cantaban. Aún rezaban. Pero la plegaria se había torcido, se había vuelto hacia adentro, devorándolos. Pues los nigromantes se muestran especialmente crueles con las gentes de los rectos y acostumbran a parte de a esclavizarlos a hacerlos experimentar terribles sufrimientos mas allá de la mortalidad.

Pellejo escuchaba sin mover un músculo. Bajo su capa empapada del fango negro de aquel lugar, Coniuratio se agitaba en silencio, un cosquilleo frío que le recorría la espina dorsal como dedos de niebla. La criatura sabía reconocer el sabor de lo prohibido. Lo olía en el aire, mezclado con el olor a musgo podrido y perversión de la nigromancia.

El remanso del arroyo reflejaba ahora la cascada vómito negro como un espejo roto. Las aguas no caían limpias: se deslizaban, espesas, cargadas de una viscosidad que hacía pensar en venas abiertas. De vez en cuando, un destello pálido —quizá un fragmento de armadura, quizá un rostro congelado en una muesca infinita de espanto— asomaba un instante entre la espuma negra antes de hundirse de nuevo…

Los sacerdotes se miraron entre sí. En sus ojos había algo más que miedo: una duda antigua, un secreto que pesaba como plomo.

—Nunca antes los habíamos visto tan cerca del poblado —dijo el de la barba rala—. Ni tan abiertamente…

Un trueno lejano rodó por la Montaña Negra, y por un instante pareció que el eco repetía palabras en una lengua que ningún hombre vivo debería conocer.

Pellejo apretó la empuñadura de su mandoble. El fuego de su propio juramento aún ardía en su pecho, pero ahora sentía otra llama, más baja, más hambrienta, que respondía desde las profundidades de la cueva que llamaban Cubil del Mal.

Y en ese instante, bajo la lluvia que nunca cesaba, algo en la oscuridad de la cascada se movió. No fue un movimiento de criatura viva. Fue el movimiento de algo que había dejado de estar vivo hace mucho tiempo… y que, sin embargo, aún recordaba cómo jurar.

El salmo comenzó de nuevo. Bajo. Reverberante. Antiguo.

Y esta vez, parecía llamarlo por su verdadero nombre.

Pellejo se giró hacia la cascada, el mandoble alzado. La tercera abominación emergió de la cortina de agua negra como si la misma roca la hubiera arrojado de su oscuro sepulcro. Era más grande que las anteriores, su cuerpo una amalgama grotesca de armaduras y armas fusionada con la piedra y el lodo de la montaña, con vetas de lodo brillante que palpitaban como venas vivas. Su “rostro” era un hueco oscuro del que brotaban múltiples espadas bajo una capucha hecha de jirones de tela , y el salmo que emitía era más profundo, más antiguo, como el lamento de la creación misma al ser violada.

Coniuratio se removió con fuerza bajo la piel de Pellejo, hambrienta, ansiosa por unirse a la danza. Pero Pellejo la contuvo con un esfuerzo de voluntad que le hizo sangrar por la nariz. Corrió solo, paso a paso, hacia la criatura bajo la espesa como sangre.

La criatura cargó. Sus espadas vivientes silbaron al cortar el aire, dejando tras de sí rastros de oscuridad que se retorcían como serpientes. Pellejo rodó a un lado, sintiendo el viento helado del golpe rozarle el hombro, y contraatacó con un mandoble horizontal que golpeó el torso de la abominación. El impacto resonó como un trueno, astillando piedra y metal, pero la criatura apenas retrocedió. Una de sus espadas se clavó en el muslo de Pellejo, atravesando carne y músculo.

Pellejo rugió, arrancando el arma de su propia pierna y brotó un chorro de sangre. Saltó hacia adelante, impulsado por la furia del juramento de hierro, y hundió la punta del mandoble directamente en el hueco que era el “rostro” de la cosa. Giró la hoja con fuerza salvaje, rompiendo las espadas internas una tras otra. El salmo se volvió un grito ensordecedor, un coro de voces condenadas que suplicaban y maldecían al mismo tiempo.

La abominación se convulsionó. Sus miembros se agitaron en un frenesí final, cortando el aire y la lluvia, hasta que, con un último crujido que pareció partir la montaña misma, su cuerpo se deshizo por completo. La masa espectral se disolvió en un torrente de fragmentos minerales, armadura oxidada sangre y un vapor negro de olor nauseabundo que se elevó hacia el cielo como el humo de una pila funeraria. El salmo se apagó en un susurro agonizante que se perdió entre el rugido de la cascada.

Pellejo cayó de rodillas en el arroyo teñido de negro y rojo. La lluvia lavaba su sangre y la corrupción que aún goteaba de su arma. Coniuratio se calmó dentro de sus ropajes, saciada por el eco de la violencia. Los sacerdotes se acercaron con cautela, sus antorchas temblando, iluminando un rostro marcado por el dolor y algo más antiguo, algo que no era del todo humano…

El Cubil del Mal permanecía en silencio ahora…